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viernes, 9 de diciembre de 2016

HORA DEL RELOJ



Unos meses antes de morir mamá resolvió acompañarme durante el primer tramo de mi viaje hacia Lima. Se habían terminado mis vacaciones. Era la última semana de noviembre. Debía regresar a prepararme para intentar ingresar a la escuela de oficiales de las Fuerzas Armadas. Era el sueño de ella. Yo estaba deslumbrado. No era para menos. Tenía dieciséis y provenía de un colegio fiscal provinciano.
Llegamos a Huaraz al filo del mediodía. Por entonces la capital de Ancash se recuperaba acelerada y desordenadamente de los estragos del terremoto del setenta. Apenas habían pasado seis años. La efervescencia bullía por todas partes. Nos bajamos del carro y fuimos caminando con mi maletín hacia la agencia de autobuses a Lima. Debía partir a la una y media y mamá regresaría a Aija al día siguiente.
Camino al hotel Raimondi ella se detuvo en Sotomayor y Cía., una mediana tienda atestada de escaparates, mostradores y fotografías del Huascarán. Yo y mi maletín no cabíamos dentro, así que no entré. Luego de casi media hora salió con un pequeño paquete. Unas cuadras más adelante nos sentamos a almorzar en un restaurante. Mientras esperábamos, ella desplegó la envoltura y extrajo de la caja un reluciente reloj Tissot automático, de esfera y correa azules y caja gris. Me dijo que era mi regalo por Navidad y por todas las celebraciones que no tuve. Tomó mi muñeca y cuidadosamente ajustó el reloj. Yo estaba tan emocionado mirando mi primer reloj, hermoso por su sencillez pero indudablemente refinado y azul. Recuerdo haber admirado la exquisitez de su estampa, aunque yo no sabía de relojes y menos de marcas. También recuerdo que me causó curiosidad la marca con doble ese y dos tes. Pasaron meses antes que descubriera su ralea suiza y años para saber lo que ello implicaba en el mundo de la precisión. En ese momento apenas atiné a besar a mi madre y darle las gracias. Ella no me dio pistas acerca del hercúleo esfuerzo que le significó traer aquél reloj hasta mis manos.
Viajé, llegué, pasaron varios días en los que apenas me lo quitaba cuando me metía en la ducha, pero inmediatamente después lo devolvía a su posición. Allí se quedaba las veinticuatro horas. Hasta que mi padrino me preguntó si alguna vez había hecho el intento de quitarme el reloj, a lo que asentí con no poco azoro. Ahí me lo quité. Mamá murió pocos meses después, mirándome a los ojos y vaciando sobre mi cabeza un torrente de bendiciones que comenzaron a dar frutos cuando fui rechazado en el último examen para ingresar a la carrera militar. Mi vara nunca llegó.

La vida, el mar.
Los minutos, las olas.
La vida es de momentos,
de trozos, de sorbos.
No hay más recurso
que sembrar en la memoria
y labrar los recuerdos.
Cada día.

Comencé a trabajar en mi propio desarrollo. Posé y me engañé con banalidades propias de mi estupidez. Fui de aquí allá con tanta suerte que no me perdí. Pasaron muchas cosas. Mi padrino me pidió prestado el reloj y se lo di de buena gana. Lo tuvo por más de un año. Pese a que las cosas no me iban bien, tampoco era para decir que iban mal. Excepto cuando un treinta de agosto un seudo feligrés dejó mi muñeca izquierda vacía y solitaria tras una magistral y silenciosa extirpación de mi reloj, única traza tangible de mi madre. Me quedé perplejo mirando al bicho alejarse entre la multitud que pugnaba por echar sus cartas en el pozo de Santa Rosa de Lima.

Sin saber que iba regresé.
Sin tiempo y sin fe.
Por las noches enmohecía
y de día el desconcierto me dominaba.
Aprendí a vivir a golpes,
como debe darse en estos casos
en que la vida te cobra
sus cuotas por adelantado.

Por veintinueve años mi muñeca me dolió sin tregua. Más en los noviembres y agostos, porque coincidían con mis fríos subterráneos, inaccesibles, eternos.
No iba a permitir que se cumplieran los treinta. Decidí ponerle una prótesis a mi memoria recurrentemente áspera, de culpas y arrepentimientos. Busqué planificada y serenamente un reloj de la misma casa helvética y que tuviera similares características. Ya no estamos en los ochenta y por tanto no iba a pretender comprar un modelo igual. Había llegado la hora del reloj. Por fin encontré uno azul con gris metálico, correa azul de cuero, suizo, señero y hermoso como aquél. Apenas lo vi me llené de júbilo. No por la moda, no por la marca ni lo que le concierne. Sino porque significaba recuperar el más importante regalo de mamá. El más importante porque fue el primero y el último. Ya sé que he tardado mucho, quiero pensar que fue porque no estaba listo para entender el significado de aquél gesto el año setenta y seis, a la hora nona de su vida. Por fin lo comprendí. Gracias por el invaluable mensaje, mamá. Simbolizaba tu propia vigencia, tu esfuerzo, tu lucha, tu triunfo frente al tiempo y a cualquier sinónimo de la palabra imposible.

Tengo el sello de su raza,
tengo la magia de sus ojos.
Hay música en su nombre,
hay flores en su voz.

Tengo la luz y el silencio.
Tengo el tiempo en mi mano.



Todos los Derechos Reservados © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

jueves, 13 de octubre de 2016

CERCA DEL MOLDAVA



Van a dar las seis. Nueve amigos bebemos cerveza en el Karlovy. Venimos de recorrer la ciudad vieja. Nuestras risas parecen flotar sobre el rumor del Moldava. Los colores son fastuosos. Hace sol. Todas las mesas hierven. La multitud está despidiendo el verano. Nuestro inicial dispendio presagia cerveza y shisha. De aquí hasta la madrugada. Al cabo, Daniel y Pavel vomitarán en alguna esquina. Los embarcaré en sus trenes y me quedaré solo por un rato más. Siempre es así. Mis ojos están sobre el Karluv, pero yo estoy en el Sena, un par de años atrás. En un bar como este. Con Elisa y sus amigos. Elisa me explicaba los chistes en polaco de sus amigos, para que no me aburriera. Yo reía con algo de piedad. Elisa tenía un buen sentido del humor pero no servía para contar ni medio chiste en buena forma. Tímidas olas visitan la orilla, no sé si del Moldava, del Sena, o de cualquiera de los que recorrimos. Los muchos ríos de mi vida. Mis amigos se sacan los trapos sucios entre carcajadas. Tengo guardada una mueca para ellos. Disimularé.

Cuando Elisa sugirió Praga estábamos recostados en la cama después de hacer el amor. Lo dijo con tanta convicción que me hizo dudar. Conocía ese tono de voz, tan incisivo, tan decidido. Y tan falso. Le gustaba lanzar palabras y planes. "Sin pretextos", le advertí. Me miró. Para Elisa era muy fácil inventar subterfugios. Luego de unas horas y mientras caminábamos por Voie Pompidou encontraríamos el mes y la semana para conocer Praga. Tantos detalles no hicieron más que ahondar el caos. Finalmente abortamos la idea y pocos días después firmamos la ruptura.
Me he levantado. Mis amigos me miran. Voy a caminar por Karluv most. A la mierda el shisha, me encenderé cigarros de verdad. Ya regreso.

El Moldava comienza a lucir sus colores opacos y aterradores, que trae además las amenazas de los malecones y los puentes andinos que Elisa y yo atravesamos en tiempos de gozo. Con ellos regresa una Elisa sin gloria, caminando mientras lanza gajos. Lejana y ajena para significar nostalgia. Quizás solo un negro recuerdo, tan turbio como el Moldava. Suelto una palabrota rebelde. He regresado después de media hora. Todos me miran. Van a dar las once. Me sumo al cónclave con sendos sorbos de cerveza, abanderado con una carcajada que para ellos será suficiente y para mí maquillará los éxodos.



Derechos Reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL BASTIDOR



Iba a pintarte. No recuerdo si lo soñé o lo viví. Entre el sueño y la necesidad hay apenas una línea. Tu cara, tus brazos. Tu estampa izada sobre el agobio. Tu encantadora desfachatez. Recuerdo el bastidor. Y los colores. Los pinceles que compraste y yo deseché por insufribles. Te reíste. Y entre el jolgorio y la cocina olvidamos armar el bastidor. El tiempo comenzó a escasear. Un mes corrió velozmente y nos obligó a postergar tu retrato. Inventamos un pretexto y llevamos el bastidor al desván. Las veinte piezas fueron a parar al vecindario del abandono. Y con ellos tu rostro sin cuadrantes, tus brazos sin color ni calor, tus ojos de un imposible negro luminoso, tus manos sin pasión, tu pelo sin carbón. Tuvieron que vagar en los aposentos del moho, la penumbra y el silencio.
Los trazos que imaginé desfallecen en los sepias calendarios. Las briznas del recuerdo languidecen en secreto.
Ha pasado mucho tiempo. Décadas de silencio. La memoria todavía está terminando de engullir los matices de un retrato promisorio. Apenas puedo sentir gratitud por las grandes epopeyas que escribimos juntos, dejando para los zócalos de la memoria el reproche del bastidor desarmado.


Derechos Reservados Copyright © 2016 de  Rogger Alzamora Quijano

domingo, 14 de agosto de 2016

ACTUALIZACIÓN

*A LOS LECTORES

Al cabo de 9 años de haber comenzado a publicar los textos a partir de sus manuscritos, es tiempo de actualizar. A partir de hoy 14 de Agosto de 2016 y durante un año, reemplazaremos los manuscritos por los textos finales recogidos en el próximo libro versos conversos, selección del autor. Ello, para honrar los borradores (no borrados).

Gracias.

El autor.

miércoles, 10 de agosto de 2016

EL PARADERO

El tiempo:
El 14 de Agosto de 1983, regresando de colocar flores y conversar con mi madre muerta seis años antes, compré un periódico para aliviar mi largo regreso a casa. Página tras página se leía sobre ataques terroristas y timoratas respuestas del entonces mandatario. Al día siguiente, tenía que ir a Barranco, así que caminé desde la avenida Tacna hasta Plaza San Martín, donde debía tomar la línea 2 de los buses llamados Büssing. Ví que en el paradero inicial, junto al ex-cine Roma, no había ni buses ni colas, así que me puse a leer los periódicos en el quiosco de la esquina. Mi sensación de desazón fue la misma que el día anterior.
Cuando me senté por fin en el amplio bus amarillo, ya tenía la primera línea de mi poema.

El escenario:
El Perú se había ido convirtiendo en un país violento. Desde el 28 de Julio de 1980, don Fernando Belaúnde gobernaba con extrema falta de decisión frente a los peores auspicios que su antecesor, el gobierno militar, dejara a la nación. Era Belaúnde un presidente de escritorio, que prefería las comodidades de su oficina palaciega a los polvorientos escenarios del Perú profundo. andino, mestizo y pobre. Nos agobiaban muchas amenazas: una inflación que entre 1982 y 83 creció del 73% al 125%, gran endeudamiento externo, desempleo del 40%, un furibundo fenómeno El Niño, y episodios dramáticos como el de Lucanamarca, el primer gran paso del Senderismo. Frente a hechos gravísimos el país tuvo que soportar la desafortunada reacción de Belaúnde, quien no pasó de llamar “abigeos” a los crueles terroristas de Sendero.

El poema:
Una semana después, al final de la entrevista que hice al poeta Antonio Cisneros, y mientras me “jalaba” en su volkswagen, le pedí un momento para leerle mi poema y un consejo. “Yo lo dejaría como está”, dijo. Ante mi silencio optó por palmotearme el hombro. “En serio. No es mi poema, pero si lo fuera, yo lo dejaría como está. A mí me gusta”. Entonces lo dejé tal cual. Unos meses después el Instituto Nacional de Cultura de Ancash -que por ese entonces iba a publicar una revista- me pidió colaborar para su número de 1984 y le di tipeado a máquina mi poema. Lo único que reprocharía de aquella edición es que le añadieron signos de puntuación donde no existían. Aquí el facsímil del manuscrito, tal como lo escribí en el Büssing. Y enseguida, el texto de marras.



EL PARADERO*

Suena Charles Aznavour en francés
no entiendo
su voz cae como un aluvión
nada me conmueve hoy nada
la música cambia el estéreo tose
como mendigo en el atrio de la iglesia
como mirando Los Paraguas de Cherburgo
 
Todo falta menos los microbuses deprimentes
como una cafetería perdida en los calendarios
como un emolientero dormido en la madrugada
como el ambulante que huye de los municipales
como la muchacha que busca trabajo de masajista
como los militares en su Bazar Central
como los deudores que no tienen plata
 
Yo conozco muchos paraderos ninguno como este
que tiene a la tienda de discos enfrente
con la música a todo volumen
al quiosco de periódicos listo para ser devorado
—tanta masacre—soldados y campesinos—mejor los
deportes—mejor las porno—en todo caso los cómics—
ninguno como este paradero sin solución
para los alcaldes que no pueden reemplazarlo
lástima porque figura en el mapa
 
Las mujeres charlan Yo me hago el loco
para blandir Memoria contra Olvido
 
Se detiene la negra con sus piernas duras y amenazantes
con sus manos delicadas y sus ojos blancos
con su falda a cuadros
y sus ojos blancos y tiernos
como los de su reflejo en la ventana
Yo vengo por ella a este paradero


*Modificado en 2017 para su publicación en la selección del autor.

DE: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2000 de  Rogger Alzamora Quijano

viernes, 29 de julio de 2016

FRIDA EN CASA DE DOLORES



Escribe: Rogger Alzamora Quijano


El tren ligero es gratis. Me entero en la “taquilla”. Es un día de suerte, a pesar que para entrar en el gris y breve vagón hay que lucharla. Cuando llego a Xochimilco son las nueve y media, tiempo de sobra para irme caminando con el aire fresco. Veinte minutos después estoy ante la puerta del Museo Dolores Olmedo. Tomo un parasol en la entrada y me voy a recorrer por tercera vez. El ecléctico paisaje se abre a mis ojos. Diego me mira con igual asombro desde su póster gigante en la pared de la capilla. Un paso, dos, y antes del tercero, el libro de Poniatowska me pone la entrometida revolución que le dio y quitó. Diego, su personalidad inquieta, aparente y selectivamente superficial. Caminar por ese sendero de unos trescientos metros son la necesaria puerta para un mundo que reúne muchas preguntas y por cierto no poco morbo. Para comenzar, implica también irse de bruces contra algún garboso pavo real que parece haber sido destinado a la misión de posar para los turistas que se asombran con la belleza del animal y con su desparpajo. Por un momento pierdo la pista de la Beloff y la encrucijada de perdonar o no a un Diego que se fue prometiendo oro y moro para después enviar mudos sobres con dinero “Y el amor es más amor cuando se es pobre y oscuro”. Mientras pienso en ello escucho graznidos de uno y otro lado del inmenso parque que parece esta casa con retazos de jardines de postal. Y se ve tan apacible como hace tres años. Un parque kitsch o un campo de golf con reminiscencias de Niklaus. Dolores -que de doliente sólo tenía el nombre, porque parece fue más afortunada que ustedes, amables lectores, y yo- llamó La Noria a este refugio que todavía dispensa alimento para el espíritu.
Me alejo de las simplezas y de los turistas a quienes he fotografiado de buena gana y premura. Los pavos se sacuden mientras discurro hacia el patio posterior bajo una fastuosa enramada. Sobre la izquierda me mira una escultura de Diego. Su cabeza color cemento parece estar viva, de no ser porque yace sobre un pedestal ínfimo. Lo miro. Pienso en Frida, gran traductora del espíritu azteca; la enrazada indo-europea que desparramaba ante nuestros ojos sus venas, su cerebro, sus sentimientos, su soledad (intentando) "ahogar mis dolores pero aprendiendo a nadar”.
Y Diego tan él. Tantas veces tan él. Soberbio como su cabeza color cemento, sereno como sus ojos lánguidos, "jugando a ser el marido de muchas pero sin serlo de nadie", Frida dixit. En esta medialuna semiobscura, puedo sospechar más claramente que Frida y Lola son las dos mujeres más importantes en la vida de Diego. Es inevitable poner a los tres en un mismo cuadro. Aquí mis sospechas dejan de ser tibias. Parece tener sentido ese laberinto de idas y venidas que fue la vida de los tres. He venido a esto. A encontrar un rastro. A discernir.

En casa de Dolores las trazas de arte se multiplican como los tonos de verde. Diego se abre por los cuatro senderos, los del Maestro Almendro. Pero no está solo. Es Frida que disputa a Diego la supremacía sobre este recinto, como en otros. Todo Diego es Frida. Y toda Lola es Diego. La bella mecenas así lo quiso. Lo implantó en su propia vida, llena de Diego, aunque este y Frida estuviesen absolutamente llenos uno del otro.

He terminado de mirar a los ojos a Diego y me dirijo hacia el fondo, un simpático museo de recorrido semicircular dedicado a la cultura azteca y mesoamericana. No me atrapa. Salgo al lado opuesto. Es corto e interesante sí, y me lleva la blanca extremidad. En la sala que hoy luce vacía había hace tres años un precioso altar de muertos que dejaba planear unas moradas cintas hasta casi la puerta. Afuera, en el pasadizo un colorido “árbol de la vida” que ya tampoco está. “Arbol de la esperanza, mantente firme”. Aquí falta Frida. Hoy no está. Anda por Europa, dicen. Con Frida ausente parezco estar definitivamente mejor teledirigido. Trepo hacia la capilla desde cuya cima se balancean los ojos de Diego. No entro a la capilla como no lo hice antes. Y ni sé si está abierta al público. Es vez de eso, el simpático “Chocolate” responde a mi infalible llamado perruno. Corre hacia mí y quiere saltar sobre el verde cerco. Marcos, su amo se acerca también. Le pregunto acerca de las costumbres de estos xoloitzcuintle tan parecidos a los perros peruanos sin pelo. Me cuenta sus características mientras me deja acariciarlo. “Chocolate” es afortunado, pienso. Él y los demás parecen haberse acostumbrado a la escultura que muestra dos de estos xolos en tamaño natural, porque la mayor parte del tiempo merodean y retozan alrededor.

Cuando yo nací, Frida había muerto. Quizá por eso su nombre siempre me sonó más que otros nombres de mujer. Mas, Diego siguió vivo y cada vez influyente en mis conceptos acerca del color. Cuando a mi pequeño pueblo, escondido en los andes peruanos, llegaba alguna revista o nota periodística acerca del maestro, yo me quedaba mirando las fotografías de sus murales, que luego recortaba y pegaba en la especie de periódico mural enfrente de mi escritorio. Allí estaba Diego, junto a Vallejo, Machado, Dalí, el Ben Hur de Charlton Heston, Teófilo Cubillas, Ricardo Duarte y Perico León.
Alguien me ha preguntado algo y me saca de mis recuerdos. Leo el mensaje de Dolores acerca de compartir lo que se tiene y me voy hacia adentro. Voy a tratar de entender al Diego de mis suspicacias y paso muy rápido la sala de fotografías de Pablo O’Higgins, aunque no deja de conmoverme su versión (que es la mía también) de la cotidianidad pueblerina. La sala dedicada a Angelina Beloff la cruzo más rápido aún. A vuelo de ave “El Bebedero” llama mi atención. Veo un poco de las piezas arqueológicas mexicanas y otro poco de la sala dedicada a Dolores: un muestrario de opulencia que no me seduce. Una señora -que no piensa lo mismo que yo- es reconvenida por fotografiar acercándose demasiado.

No creo que entre Phillips y Diego hubiera un malentendido a causa del desnudo a carbón dedicado “A Lola Olmedo”, que fuera devuelto por ella (se dice) obligada por su marido. Pienso que el malentendido fue lo que Lola escribió sobre el mismo papel: “Devuelvo esto porque soy convencida de que no fueron ofrecidas de buena fe”. No me parece casual la palabra “soy”. Era Lola demasiado latina para tener clara la diferencia entre los verbos ser y estar. ¿Fue ese un señuelo para Diego? Sospecho que sí. Era guapa Dolores y no fue difícil para Phillips imaginar que algo ocurrió u ocurría entre su mujer y Diego, sabiendo además la predilección de Lola por el maestro y su evidente distanciamiento con Frida.

Quedo absorto mirando los óleos de Diego. Su manejo del pincel es magistral. Sus trazos que parecen simples de tan complejos que en realidad son. Más de 50 obras que recorrí en casi cinco horas, hasta que mi convicción triangular de los hechos fueron engullidos por mi avidez de los aspectos técnicos en los cuadros y esculturas de Diego.



Derechos reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

viernes, 1 de julio de 2016

LOS GOCES


Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire

Antonio Cisneros - Cuatro boleros maroqueros



Bajo la piedra el otoño.
Encima goce fuego y litera.
Brasas delirio rasguño y cansancio.
En el aire tu altisonante nombre
y la invitación para ganar en secreto
un poco de ficción.
Tu barco marcha.
Me asaltas cándida impía
con vehementes acometidas.
Indicios oscuros como tu garganta
crueles como tus dientes
tercos como tu pelo sobre mi cara.
Tu desfachatez y mi guitarra
cantan hipérboles.
Acordes perdones y castigos.

Mis avezados ojos y los tuyos perversos
danzan ante la inminencia.

Bajo la piedra el otoño.
Encima tus piernas sabrosas,
tu crudo cuerpo infame,
fluctuante estrella aprendiz de mujer.
Mis silencios dominan
la pradera de tu sonrisa,
de tu cuello gacela,
de tus rosados garfios.
Refuto tu nombre
agudo guitarreo Cowgirl in the sand.
Dilema de las tres furcias.
Ni te acuso ni te libero,
eres tal cual. Nómada.
Tenaz e indefensa escueto veneno
en junio moribundo.

Con mi música,
legajo de distorsiones caos turbulento,
cada tercio de ti me sugiere
un solo de piel en mis cuerdas,
cuando piso firmemente
tu vasto firmamento.

Al final cigarro de por medio
mi amnesia se atasca en tu regazo
y tu recuerdo disimulo.
Toco sabihondo tu hombro
sobre tu ventrículo conmoción.

Por eso el goce sobre el otoño,
por eso la humedad que te proveo.
Por eso mi fiebre y mi paciencia.
Dos versos en tus mejillas.
Dos versos con mi saliva.
Dos trazos en tus huesos,
El réquiem en tus caderas.

Quedo desperdigado. Obsoleto.
Novicia de veintitantos, he muerto
ante los rescoldos del hotel
y todos los hoteles que tomamos este mes.
Te vas cínica promesa desidia
ajena a mi sometido adiós.


DE: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2016  Rogger Alzamora Quijano

miércoles, 1 de junio de 2016

DOS SIGLOS DESPUÉS



Dos siglos después tú en la puerta.
Espléndida. De rosa y rojo, blanca y marfil.
No sé si real, no sé si actual.
Evocando tiempos de bonanza antes de conocerme.
Regresando tácita, lastrando prejuicios y obsesión.
 
Filosa navaja que corta cordura.
Futuro puro que impugno.
Alfiler en la sien. Nudo en la aorta.
 
Y dos siglos después entras en mi casa
un domingo de ramos y de angustia.
Fastuosa mirada que ya no quema. Rosa rojo gris marfil.
Despiadada como un alfil barriendo diagonales.
 
¿Dónde arden las pestañas de tus ojos incendio?
Algo mermó tu orgullo. Algo demolió tu soberbia.
Sin embargo yo te abrazo cual inocuo sol
 
 
desde una esquina de mi memoria
con cierta conmiseración que ya no poseo.
Te cuelgo en la percha del pasado moho gris abandono.
 
Dos siglos después tú indefensa en la puerta.
Yo en la mesa engullendo mi libertad.
 
 
 

DE: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

domingo, 8 de mayo de 2016

COMO UN LIRIO BLANCO



Su izquierda está bajo mi cabeza
y su diestra me abraza.

Cantar de los Cantares
 
 
 
Eres la luz que me alumbra como un blanco lirio
En la infinita noche
Trepidante, bravía, orgullosa luz
 
Eterna Luz cuyo mínimo brillo supera
Toda la felicidad y todos los goces
Eterna Luz que trasciende tiempo y espacio
Como el alma
 
Eterna Luz que no aparece
Que no se toca ni se escucha
Eterna Luz que me inunda.
 
 

DE: versos conversos Derechos Reservados Copyright © 2016 de Rogger Alzamora Quijano

sábado, 12 de marzo de 2016

DE AMOR Y DE AMAR

Amo a una mujer clara
que amo y me ama sin pedir nada
—o casi nada, que no es lo mismo
pero es igual—.

Silvio Rodríguez - "Pequeña serenata diurna"



Amor que luces y no faltas.
Amor albor, flamante amor.
Que no dejas la mano, que no sueltas la sombra.
Que ríes y abrazas con igual mirada.
Que concedes tu misma entrega.
Que no denuestas, que no demandas,
que no traicionas.
Amor exultante y valiente. Amor absoluto.
 
Amor que respeta, amor que admira,
amor que enaltece, que desafía y defiende.
Que no entiende de odio u oprobio,
que aborrece la cobardía.
 
Amor que luce y no falta.
 
Amor albor, amor premura, luminoso amor.
Viento, cauce, horizonte, agua, luz, camino.
Flor, cuerpo, respiro.
Tiempo, sol, religión.
Amor dolor.
 ”




DE: versos conversos Copyright © 2016 de  Rogger Alzamora Quijano

viernes, 26 de febrero de 2016

CELEBRACIÓN



Las tardes rielan
en mi memoria
tal amarillas
fotografías.

Francisco Bendezú - Melancolía
 
 
 
La libertad es un desierto sin luna ni despojos
Con lealtades y conjuras obvios síntomas
Donde sol no es raíz de soledad sino de jolgorio
Donde cabe también celebración o júbilo
Y no importa el buen juicio
Aunque los fríos nocturnos se lleven rota la sintaxis
Sabores delirios calmas y regocijos
Se llevan los desayunos palta queso y mantequilla
Tapices panameños siesta televisión y ensayos de ton y son
Se tragan las cuentas de ahorro en gastar viajar
Endeudarse con la tarjeta con leonino interés
Sentarse caminar y perder escuchar bailar cantar y beber
Cosas simples como la cruz
el fútbol de los domingos la guitarra y el piano
La libertad es un presagio sustancia trabajo y consecuencia
Como vencer los dilemas como mirar el cerebro
Como los abriles muertos en fotos y lechos infames
Como los amigos que regalaron goces con lluvia y granizo
Como el beso marfil y mentira
 
La libertad es más que fructificar en silencio
Más que valentía entrega o pertenencia
Más que cuerpo perfecto casa propia o cabal corazón
La libertad es función y conciencia de creador



De: versos conversos Copyright © 2016 de  Rogger Alzamora Quijano



domingo, 31 de enero de 2016

NI PAVESE



Sin escribir autómata remoto cartesiano
Perdido anacoreta en tanta búsqueda
Deslucida lucidez en dichosa dicha
Dolor en el mundo yo me adhiero
 
Deducir un poema es como palpar un sueño
Veinte horas de cada veinticuatro es falaz intento
Con verso y sin duele el vasto dolor
Con verso y sin se duerme incompleto
 
Ganas de una guitarra hasta llorar de tanto vivir
Ganas de escribir hasta enfadarse de tanto hurgar
Que nada es peor que la renuncia y nada más vano que el reproche
 
Ganas de armonía hasta la noción del deber
De quitarse la camisa caminar y correr
De sentarse a fumar en cualquier esquina
 
Ganas de gastar días y noches
De aguardar lo que no abunda
Ojos miel piel naranja mano desasida sereno busto
Un poco de cintura un tercio de ternura
Un poco de luna y silencios mezquinos
Un poco de sombrío y de mudo
Un poco de sigilo y extravío


DE: versos conversos Derechos Registrados 2016 de Rogger Alzamora Quijano